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uál es la contribución de las actividades de ciencia y tecnología (CyT) al desarrollo
económico y social, a la producción de bienes y servicios? ¿En qué áreas y
cuanto debe invertirse?¿ Cómo conocer y estimular la oferta (y también la demanda) de CyT
en la búsqueda de lograr satisfacer las necesidades básicas y productivas de la sociedad y, en
definitiva, contribuir a mejorar las condiciones y calidad de vida de los ciudadanos? Estas son algunas de las
preguntas que rondan a los gobiernos latinoamericanos y cuyas respuestas intentan construir con herramientas que
en algunos casos han resultado poco adecuadas.
En los últimos veinte años se han realizado importantes esfuerzos en el sentido de desarrollar
metodologías apropiadas para el diseño de indicadores de CyT, útiles para delinear y
evaluar resultados de políticas públicas. Expresión de estos esfuerzos ha sido el trabajo
realizado por la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT). Gracias a ellos, hoy
en día existe el convencimiento y la necesidad de ir más allá de los indicadores
convencionales de insumos (oferta) y avanzar en la comprensión y medición de las capacidades
científicas y tecnológicas específicas que den cuenta de la naturaleza, dinámica y
magnitud de dichas actividades de CyT a nivel local y, particularmente, del estudio de los procesos de
innovación tecnológica (cuándo, donde y cómo se lleva adelante la innovación)
orientados al diseño y uso de indicadores basados en productos y en las interrelaciones tangibles propias
de estos procesos sociales.
No obstante, la orientación de estos esfuerzos ha oscilado entre dos tendencias o supuestos falsamente
contrapuestos, por un lado, los que impone el paradigma de las economías competitivas que buscan poner la
atención en los procesos de innovación y en los intentos de caracterización de los diversos
modelos de incorporación del conocimiento a la actividad productiva y, por el otro lado, aquellos que,
presionados por los graves problemas sociales (pobreza) y por los escasos recursos asignados a la CyT, los
conducen a la necesidad de examinar criterios que permitan avaluar exclusivamente sus resultados en
términos de impacto social.
Al parecer, se impone un esfuerzo adicional de reflexión y análisis para la definición y
uso de indicadores de CyT capaces de conjugar ambas aproximaciones y de medir e informar adecuadamente acerca de
nuestras realidades, teniendo muy presente, ya no sólo, la falta de articulación y limitaciones de
las actividades de CyT en nuestros países, sus débiles vínculos entre la I&D y el
sistema educativo y, entre estos y el sector productivo, sino también sobre el papel del Estado como
promotor y articulador de estas interacciones. Por lo tanto, a la hora de definir indicadores de CyT
habrá que tener especial cuidado en “no contar peras con manzanas” o, peor aún, caer
en la tentación de “cortar de raíz el Olmo porque no produce peras”. El reto de lograr
sistemas de indicadores de CyT apropiados esta presente... y las luces de alarma también.
El Editor
Vol. 25 (2) 2004
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